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TRASCENDENTE IMPACTO EN LA HISTORIA “…acciones basadas en el amor, llegan a vivir para siempre”

By Francisco Javier Bautista Lara on July 21, 2021

En homenaje al Prof. Ballardo Altamirano López

fundador vivo del F.S.L.N.

No solamente estamos contra los cuarenta años de tiranía libero-conservador somocista,

nuestra aspiración es más profunda: estamos contra cuatro siglos y medio de agresiones extranjeras.

Carlos Fonseca Amador.

El contundente triunfo de la Revolución Popular Sandinista en la emblemática fecha del 19 de julio de 1979 es el acontecimiento político-social-cultural de mayor impacto en la historia de Nicaragua y América Latina de fines del siglo XX, no solo porque significó el fin de una de las dictaduras militares más prolongadas de la región (1934-1979), sino también por la amplia participación popular frente a la despiadada permanencia del somocismo, un doloroso costo humano y material para desmantelar lo que fue engendrado al amparo de la invasión extranjera y creció impune por la complicidad estadounidense. Aquella victoria marcó un antes y un después en las relaciones internacionales de la pequeña nación centroamericana frente al mundo y en particular con Estados Unidos, la potencia imperial expansionista. Fue un suceso que dejó una imborrable huella en la cultura política y social de aquella generación, de las precedentes y actuales, marcó a los protagonistas y testigos por el compromiso, la lucha y la utopía, tanto en la etapa previa y durante la insurrección final, como en la intensa década del ochenta que empujó la organización y la masiva movilización social, las transformaciones estructurales, económicas y sociales, institucionales y culturales, la solidaridad, la heroica defensa militar, las hábiles acciones políticas, diplomáticas e internacionales por la digna aspiración de prosperidad, soberanía y autodeterminación respaldadas en el derecho internacional frente a la inhumana agresión norteamericana.

Derrocar al último de la dinastía somocista solo fue el hecho más visible e inmediato. No es lo más importante, aunque si lo primero que era necesario lograr. Es erróneo pensar que el triunfo de la Revolución tuvo solamente ese limitado propósito como algunos quisieron y pudieron entender en aquel entonces, y según se ha ido demostrando en el transcurso de los años precedentes “cuando se fue desgranando la mazorca” y como dijo A. C. Sandino: “Por el carácter que toma la lucha, los débiles, los cobardes y los pusilánimes nos abandonan”, muchos partícipes internos y externos pretendieron preservar el “somocismo sin Somoza”, por cuanto la esencia del desgastado “somocismo” es la de un modelo ideológico y político familiar elitista que implicaba el uso de la represión militar, política y económica como instrumento para preservar los privilegios de las oligarquías tradicionales, el estatus quo de los más favorecidos, afirmando, desde los mecanismos educativos y culturales la sumisión, fomentando la dependencia y el pensamiento libero-conservador coincidente a esos fines, justificando la sostenibilidad latifundista y terrateniente, y de procesos productivos, relaciones laborales y comunitarias anacrónicas e incompatibles, de reformas maquilladas para no cambiar la esencia de nada y continuar el rumbo de “desarrollo” excluyente que consolidara al “capitalismo salvaje”, de naturaleza injusta, radicalmente opuesto a las aspiraciones cristianas, socialistas, solidarias y de equidad del pueblo nicaragüense que asumía a plenitud la Revolución.

Aquella plataforma dictatorial desplazada del poder político-militar por el ímpetu popular era insostenible. Había venido estancando las necesidades de expansión y diversificación del capitalismo local en el escenario global, regional y geopolítico, comenzó a percibirse como un obstáculo para la preservación de los propósitos esenciales de los Estados Unidos en el contexto de la Guerra fría, limitaba a la burguesía y a la oligarquía criolla, con muy poca autonomía, altamente dependiente de la política injerencista norteamericana.

El descontento popular era creciente y generalizado, la pobreza, el atraso en el campo y las ciudades, el restringido acceso a la salud y la educación agudizaban la exclusión frente a la generalizada represión somocista, para preservar, con todos los instrumentos a su alcance, el beneficio de los pocos de siempre que coincidían con el interés extranjero para aprovechar la riqueza humana, económica, natural y geopolítica de la nación en beneficio particular opuestos al bienestar común.

La declaración de la Independencia de Centroamérica del 15 de septiembre 1821, hace doscientos años, es un acto jurídico que fue finalmente aceptado por España a Nicaragua el 9 de julio de 1850 en el “Tratado de Paz y Reconocimiento” entre el representante español y el Ministro Plenipotenciario de Nicaragua José de Marcoleta (Madrid, 1802 – París 1881; naturalizado nicaragüense en 1846). Pudo frustrarse por la fatal amenaza contra la existencia de la incipiente nación por la invasión filibustera de William Walker (1955), que llevó a la Guerra Nacional y a la indispensable unión de Nicaragua y Centroamérica como condición necesaria para expulsar al agresor esclavista de Estados Unidos. Marcoleta, Ministro de Nicaragua en Washington, reclamó y denunció de manera audaz los acuerdos Webster-Crampton (1852) entre Estados Unidos y Gran Bretaña para despojar a Nicaragua de la Costa Atlántica, el asunto fue revelado en los diarios norteamericanos, se desató un escándalo político que evitó la vigencia del usurpador tratado y llevó a la caída del Secretario de Estado Daniel Webster. Edward Evertt, el nuevo Secretario de Estado, declaró non-grato al representante de Nicaragua quien fue recibido con movilizaciones de afecto en Granada el 1 de septiembre de 1953, aunque, dos meses después, a solicitud del presidente Frutos Chamorro, el embajador fue de nuevo aceptado por Washington.  Era reciente la frase que proclamaba la hegemonía del naciente imperio: “América para los americanos” (1923) de John Quincy Adams, atribuida al presidente James Monroe, sobre la que el académico, escritor y crítico granadino Enrique Guzmán Selva (1843 – 1911), -de quien Carlos Fonseca dijo “es un rebelde permanente”-, escribió: “La doctrina de Monroe –no temo decirlo– es el mejor sustentáculo que tiene la barbarie en América”.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional fue capaz, desde 1961, de interpretar, sintetizar y visualizar la historia, la conciencia y los ideales, organizar e impulsar la lucha revolucionaria, aglutinar y movilizar a amplios sectores nacionales a partir del núcleo fundamental que lo constituyen las clases populares, recogiendo, bajo el liderazgo de Carlos Fonseca Amador (1936-1976) y otros, el pensamiento, la doctrina y la práctica nacionalista y antiimperialista de Sandino, asegurando la continuidad, la formación y profundización de una conciencia social de dignidad patriótica, autodeterminación y solidaridad, sustentada en el inalterable compromiso revolucionario que, pasando por la victoria de julio de 1979, traspasaría el siglo para prevalecer en la solidez de principios en el siglo XXI con la convicción de que una Nicaragua unida triunfa, es mejor, y por el bien común, es posible y avanza.  Tomás Borge Martínez (1930 – 2012), otro de los fundadores de la vanguardia sandinista afirmaba: “esta Revolución es irreversible, que no hay fuerza en el mundo capaz de destruirla” (noviembre 1979).

En realidad, la expulsión de Somoza del poder en julio de 1979, no era el asunto principal que preocupó a Estados Unidos y a sus sumisos agentes. Su permanencia era considerada por amplios sectores de las elites locales y norteamericanas un obstáculo que ponía en riesgo la continuidad del modelo prevaleciente y que consideraban necesitaba reformas para actualizarlo en las postrimerías del siglo XX preservando su naturaleza esencial. A los grupos de poder hegemónico preocupó la estrepitosa derrota de la Guardia Nacional, el útil instrumento que podría preservar, con algunos cambios, “el somocismo sin Somoza” y, en consecuencia, algo nuevo se imponía, el viejo modelo se derrumbaba frente al avance arrollador de la Revolución liderado por el movimiento sandinista.

Se asumió el principio que “La Revolución es fuente de derecho”, por lo que la vieja institucionalidad y muchas de las normas precedentes que la sustentaban, fueron desmontadas y replanteadas. En muchos casos no fueron simples reformas, sino cambios radicales hasta promulgar la Constitución Política de la República (1987 y sus reformas) que instalaba en la máxima norma jurídica las aspiraciones estratégicas de la Revolución en el largo camino a seguir plagado de retos, éxitos y obstáculos. Se estaba desmontando el “somocismo”, se inaugura un nuevo modelo político, económico y social; distintos eran, entre otros, el Ejército y la Policía, instrumentos de poder para defender y preservar el emergente poder popular. El fundador de la organización política que lideró el triunfo revolucionario como “tayacán vencedor de la muerte” y que es hoy la más sólida, organizada y consecuente, reconoció: “Empecé a entender que la lucha en mi país o es solo para derrocar a una camarilla, es para derrocar un sistema”.

La Campaña Nacional de Alfabetización (1980) abrió los ojos a cienes de miles de analfabetos y confrontó con la realidad social rural y urbana a miles de jóvenes alfabetizadores y educadores lo que les permitió experimentar la solidaridad humana y el compromiso de servicio.  Hombres y mujeres, distintos grupos generacionales, diversos grupos sociales, multiétnicos y multiculturales eran parte activa del proceso de cambios. Estaban siendo modificados los esquemas culturales, educativos, de organización y participación comunitaria, de movilización social, una nueva manera de interpretar, ver y actuar en la sociedad sacudía el pensamiento de exclusión, la actitud de sumisión, en donde la dignidad y la voz de los más pequeños y los menos visibles adquiría la oportunidad de ser escuchada y hacerse partícipe en la gestión pública, la rebeldía juvenil y la creatividad, encontraban cauces inagotables de expresión en todos los ámbitos de la vida. Casi podríamos decir que la revolución implantó un nuevo factor genético en la constitución mental y emocional de los nicaragüenses.

Además de los cuatro puntos anteriores: la extinción de la Guardia Nacional, el surgimiento de fuerzas armadas, de seguridad y policía de nuevo tipo, la modificación de la institucionalidad y la norma jurídica que derriba la continuidad del “somocismo”, y la incorporación en la conciencia política y cultural de la sociedad de una renovada manera de ver y actuar, hay otros dos asuntos de impacto ineludible de la Revolución Popular Sandinista: la reducción de poder y protagonismo de los sectores oligarcas tradicionales al fortalecerse la participación popular y la necesidad de una distribución más equitativa de la riqueza y acceso a las oportunidades de los grupos populares tradicionalmente excluidos, ello conllevó a modificar –aunque a veces de manera limitada  y temporal- la estructura de propiedad, la tenencia del capital, la justicia tributaria, la seguridad social solidaria y la atención a los sectores vulnerables, todo ello era parte de las aspiraciones fundamentales que dan sentido y sostenibilidad económico-social-política al proceso revolucionario iniciado, y por último, el establecimiento de un nuevo tipo de relaciones ante el mundo, con voz propia, como parte de los países no alineados, ampliando vínculos diplomáticos, de cooperación y amistad con Cuba, URSS,  Europa Oriental y todos los países del planeta, haciendo prevalecer la autodeterminación, la soberanía y la dignidad, renunciando para siempre a ser vista y sentirse colonia o neocolonia, conquistando en sus relaciones internacionales la independencia, lo que significaba que, el vecino del norte, protagonista de intervenciones, golpes de estado de viejo y nuevo tipo, agresiones, amenazas, condiciones e injerencias frecuentes contra América Latina en general y Nicaragua en particular, perdía influencia, a pesar de su poderío militar y económico. Esta digna nación de Centroamérica, había decidido ser artífice de su propio destino y rechazaba para siempre someterse a cualquier potencia extranjera asumiendo, de aquí para adelante, relaciones de respeto, solidaridad y paz con todos los pueblos del mundo.

Estas dos últimas consecuencias del impacto trascendente del triunfo de la Revolución Popular Sandinista, y no ningún otro pretexto, mentira, artificio mediático o manipulación, han sido la real inconformidad que ha motivado la intromisión de Estados Unidos y, en cuyo propósito, ha arrastrado a algunos de sus aliados, dependientes de intereses exógenos, y a algunos foros en los que desafortunadamente impone su supremacía, incluso como vergonzoso irrespeto a las naciones y en abierta violación al derecho internacional, ahora y antes, según lo demostró la histórica sentencia de la Corte Penal Internacional de la Haya a favor de Nicaragua condenando a Estados Unidos por agredir y financiar a la contrarrevolución (1986). Parafraseando a Rubén Darío, Héroe de la Independencia Cultural, se desataron los odios funestos de los ingratos y traidores… Su ilegítima pretensión injerencista ha sido y es manipular y desestabilizar para doblegar, comprar, someter y derrocar. Para Estados Unidos son inaceptables los actos de dignidad y soberanía de las naciones independientes que contradigan sus designios.

Para Sandino su lucha era “la restauración de nuestra independencia nacional” e insistió que “toda intromisión extranjera en nuestros asuntos solo trae la pérdida de la paz y la ira del pueblo”. La proclamación de la Independencia de Centroamérica en 1821 llevó al reconocimiento jurídico de la independencia de Nicaragua por España en 1850, aunque requirió del triunfo revolucionario de 1979 para ser plenamente efectiva como práctica de dignidad soberana frente a todas las naciones del mundo a pesar del desacuerdo de quien ha estado acostumbrado a imponer su voluntad egoísta en lo que llaman “el patio trasero” y el desplazamiento de las oligarquías tradicionales, sus aliados locales, que con prontitud han solido someterse al agente extranjero.

La Revolución Sandinista es un intenso proceso legítimo, humanamente imperfecto, basado en el amor.  José Martí dijo: “Los hombres que entran en acción, sobre todo aquello cuyas acciones están basadas en el amor, llegan a vivir para siempre”, es por eso que, en consecuencia, es un proceso de continuidad política-social-cultural que se inaugura, en su momento más visible, el 19 de julio de 1979 y cuyo impacto permanece, evoluciona y se adapta, no solo durante los dos períodos cuando el sandinismo está en el poder político institucional (1979-1990, 2007 a la fecha) sino también cuando otros gobiernos lo han asumido (1990 – 2006). Es un hito que cambió la historia nacional y mostró al mundo, particularmente a Hispanoamérica –lo que el imperialismo considera un mal ejemplo: prosperidad, equidad y dignidad con modelo propio, en el ejercicio de su independencia y soberanía-, la entereza de lo posible, la capacidad de los pueblos de asumir el porvenir, al igual que lo hizo, desde su propia realidad histórica, antes Cuba y lo emprendieron después la República Bolivariana de Venezuela y el Estado Plurinacional de Bolivia…